la historia del Circo Vlad

CAPÍTULO 1

1920

ALESSIA 

Harry Brock era un hombre singular. No tenía piernas, pero usaba sus brazos para moverse con la agilidad de un chimpancé. Podía correr, escalar, nadar y hacer tareas como cualquiera. Su extraña figura, siempre vestida de riguroso frac, aparecía en el centro de los afiches que anunciaban el Circo Vlad. Lo apodaban La Chaqueta Fabulosa. Era la estrella, pero no dejaba que la fama lo encegueciera. Parecía dispuesto a compensar su condición física con un constante buen humor.

Oliver lo vio salir de la caja de cartón donde se escondía. Viajaba en un carro que había empujado hasta la proximidad del asilo Pennhurst, a su pedido. Caminó dos pasos con las manos y se dejó caer al suelo. Ese sonido, bump, cuando golpeaba con la parte inferior del cuerpo, producía un estremecimiento de desagrado en Oliver, aunque nunca se lo habría confesado. Harry levantó una mano y se alisó el cabello negro, que llevaba un poco largo y peinado con gomina. Por alguna idea absurda, en opinión de Oliver, iba vestido con su mejor traje. Un pañuelo asomaba del bolsillo superior. Sin embargo, el medio hombre se secó el sudor con la manga.

 

 —Créeme, Ollie —dijo—, es el mejor regalo de cumpleaños que puedo tener. Te lo agradezco.

Harry cumplía treinta y tres años ese mismo día y como presente había rogado a Oliver que lo acompañara al asilo. El circo estaba en Scranville desde hacía unas pocas horas, y el plan era permanecer otras seis semanas antes de continuar viaje. Se trataba, desde luego, de un espectáculo ambulante. Dependía de que el público asistiera a las funciones, algo que era imposible saber con certeza. Para lo que se proponía Harry, el tiempo apremiaba. Claro que Scranville podía ofrecer una estancia más larga de lo habitual, porque tenía suficiente tamaño para considerarse una ciudad. Contaba menos de un siglo desde su fundación, y ya había logrado convertirse en el centro comercial de la zona. Allí funcionaba el asilo para enfermos mentales más importante de los alrededores.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Oliver, a sabiendas de la respuesta. Cuando su amigo se proponía algo, no había fuerza capaz de detenerlo.

Harry apoyó las manos en el suelo y rodeó el carro, bamboleándose como un pingüino. Tenía la vista fija en el muro de ladrillos. Allí detrás estaba su amor.

—En la última carta —dijo—, Alessia parecía dispuesta a rehacer su vida. Quizás desee que yo sea parte de eso, ¿qué dices?

Oliver no supo contestar. Harry obraba como si fuera un adolescente enamorado que alguna vez había tenido un romance… y como si no importara su aspecto. En el pasado, caminaba sobre sus piernas, era un hombre completo. La mujer no sabía del cambio, Harry había evitado decírselo. Era obvio que negaba la realidad. De todas formas, Oliver no se sentía el más indicado para determinar qué era real. El Circo Vlad semejaba una especie de sueño del que podías despertar en cualquier momento.

Levantó la vista hacia el muro del asilo Pennhurst. Era imposible de trepar, no solo por la altura, también por el alambre de púas que lo coronaba. Su propósito no era impedir la entrada, desde luego, sino la huida de los enfermos y los locos. Detrás de la pared asomaban las torres y tejados de la enorme edificación. Parecían oscuros incluso bajo el sol del mediodía. Oliver no tenía ganas de entrar. Le daban miedo los médicos y los manicomios, aunque Pennhurst era considerado un lugar de sanación. Se comentaba que en los últimos años se había abarrotado de soldados sobrevivientes de la guerra. Muchos, voluntarios o no, habían regresado paranoicos.

Vio que Harry volvía presuroso a su caja arriba del carro. Se acercaban dos ancianas. El medio hombre trepó ágilmente y se cubrió con una manta. Solía evitar las miradas de los desconocidos, a menos que fueran las del público del circo. Oliver había sido testigo a menudo de las burlas y preguntas incómodas que los curiosos estaban siempre dispuestos a hacer. Después de todo, era un verdadero fenómeno y un ilusionista notable.

Oliver, en cambio, hacía de payaso. Su tarea principal era provocar risas, algo que conseguía con lo opuesto: dando pena. Las personas solían divertirse con la desgracia de los demás. Su número consistía en representar situaciones donde la torpeza y lo cotidiano terminaban por vencerlo. El público reía a carcajadas y aplaudía cada vez que Ollie el Perezoso luchaba por barrer un haz de luz rebelde, o cuando ponía su cara de angustia, de pobre infeliz a punto de sollozar. Ollie el payaso se vestía con harapos, como un miserable. Tenía un aspecto indigente. Cualquiera podría confundirlo con uno de los innumerables vagabundos que pululaban en todo el país, de no ser por el rostro pintado de blanco, y porque había aprendido a arrugarlo y deformarlo de tal forma que era capaz de parecer el tipo más angustiado del mundo. Y aquello hacía reír. Las personas veían un espejo. El reflejo exagerado de su propio temor a que las cosas más simples se salieran de control. ¿Qué pasaría si un día tu escoba se negara a barrer? ¿Si tu sombrero decidiera tragarte una mano?

—Ollie, ¿irás o no? —se quejó Harry desde su escondite.

Oliver dio dos golpecitos en el carro a modo de despedida y se alejó bordeando el muro. A treinta metros vio la entrada. Una gruesa reja de dos puertas cruzaba el frente. Había un sendero de ladrillo picado que conducía al interior. Más allá, entre árboles de hojas reverdecidas, se acurrucaba como un gran gato gris el conjunto de pabellones y galerías del asilo Pennhurst, que todos podían reconocer porque de continuo aparecía en los periódicos —casi nunca por una buena noticia—. Oliver se sorprendió de que luciera tan descolorido como en las fotografías. Algunos pacientes deambulaban bajo el sol. Estuvo unos minutos observando el lugar.

—Soy un estúpido —murmuró—. Tengo que hacerlo.

Llamó con la campana que colgaba de la reja, y esperó a que vinieran a abrirle. El tañido atrajo a algunos internos, que llegaron para mirar a Oliver mucho antes que el enfermero que vino desde el edificio. Algunos sacaban los brazos entre las rejas, tratando de tocar al visitante, aunque no pronunciaban palabra. Vestían de marrón, de una forma que recordaba al disfraz de Ollie el Perezoso.

Cuando el enfermero llegó a la reja, Oliver estaba muy nervioso. Dijo que quería visitar a una paciente.

—Alessia Fiore, lleva aquí tres años.

El enfermero apartó a los mirones y abrió la reja. Luego lo acompañó hasta el pabellón central. Oliver esperó en el área de recepción. El lugar era agradable y silencioso, con muebles de madera oscura y jarrones donde habían colocado flores recién cortadas. El aire olía vagamente a desinfectante. Soltó una risita pensando en que debía comportarse tan normal como fuese posible, o nunca saldría de allí.

—¿El señor Mills? —Una enfermera acababa de aparecer trayendo un añoso libro de visitas—. Firme aquí, por favor. La señorita Fiore lo espera en el patio.

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—Me extraña que no haya venido él. —Alessia estaba sentada con una manta sobre la falda. El cabello muy largo y castaño caía alrededor de su rostro, donde una pelusa rubia era apenas visible bajo la luz cenital. Evidentemente, se afeitaba como parte del aseo que debían llevar los internos. Allí una mujer con barba nunca sería bien vista, al igual que en el mundo afuera del asilo.

Ella lo escrutaba con unos luminosos ojos canela que a Oliver le parecieron de la mayor dulzura. La belleza de Alessia Fiore era indefinible. Podía entender que Harry estuviera enamorado.

—El circo llegará esta semana —mintió—. Yo me he adelantado para hacer los papeles, y vengo a verla por pedido de Harry, como un favor personal. Es mi amigo, ya lo sabe.

No podía decirle que jamás dejarían entrar al asilo a un fenómeno como Harry.

—Me ha contado mucho de ti —dijo Alessia—, si me permites la confianza. Sé que eres su mejor amigo y no quisiera tratarte de manera tan formal.

Oliver sintió algo de alivio.

—Gracias, señorita… Alessia. Te llamaré por tu nombre.

—¡Claro! —rio ella, y esa risa a Oliver le pareció como una canción. El corazón le latía con fuerza—. Te imaginaba disfrazado del famoso payaso vagabundo. Ahora que te conozco, Oliver Mills, me siento más confiada. ¡Ya lo ves, vivo rodeada de locos!

Rieron, haciendo que algunos internos miraran hacia allí. El patio era amplio y muchos paseaban entre los árboles o estaban sentados en los pequeños bancos de piedra dispersos por la zona. Había una fuente sin funcionar donde vigilaban un par de enfermeros que no parecían nada amigables. Para defenderse de esos dos haría falta Dominique, el forzudo del circo. Oliver notó además que no había herramientas ni otra cosa que sirviera para escalar el muro. Es lógico, pensó, no dejarían tirado nada, no sea que los internos acaben a los golpes. Sacar por la fuerza a Alessia del asilo Pennhurst sería una misión imposible.

—Alessia —dijo—, el mensaje que traigo… —Harry le había pedido decirle que la amaba, y que haría todo lo que fuera necesario para ayudarla a escapar. Quería sacarla del asilo por las buenas o por las malas. Ahora que Oliver estaba delante de la chica, no se atrevía a transmitirle aquel plan descabellado.

—¿Sí? —Alessia lo instó a terminar la frase.

—Quiero decir, Harry llegará pronto, con el resto de la troupe. Él… vendrá a verte en persona.

Pareció confundida, pero le dedicó una gran sonrisa y, para su sorpresa, alzó una mano y le tocó la mejilla.

—Está bien, quiero verlo —dijo—. ¿Es eso? ¿Has venido a preguntármelo?

Oliver sonrió ante el inesperado gesto de ternura y levantó los hombros. El contacto de los dedos fríos de la mujer hizo que se estremeciera. Si bien el sol estaba en el cenit, era una primavera con bajas temperaturas.

—Sí, es que… ya conoces a Harry, está preocupado por tu salud —improvisó, tratando de animarse a tomarle la mano. De pronto, era consciente de que él también estaba muy solo. La vida en el Circo Vlad no era normal, mucho menos sencilla.

—Dile que estoy bien —dijo ella, al tiempo que retiraba la mano—. El director es amable. Me trata mejor que a otros aquí. En los últimos meses, hasta he conseguido una habitación con baño propio. Escasean en Pennhurst.

Aunque estaba sonriendo, los ojos de Alessia se cubrieron de lágrimas. Oliver la miró apenado.

—Me proporcionan heroína —continuó—, ya sabes, porque no la puedo dejar. Por más que lo intento, debo tomar un poco cada día. Más allá de eso, la vida aquí es buena. Nadie me trata de rara. Este lugar tiene sus propias reglas.

Alessia no había logrado encajar en la sociedad porque, desde los doce años, le crecía una barba tupida, uno de los casos más extraordinarios de hirsutismo. Aunque se afeitara, tarde o temprano era objeto de burlas y a veces de agresión física. Nadie le daba trabajo. Había tenido que prostituirse hasta que, con apenas veintidós, ingresó al convento de Santa Magdalena Ventura, allí mismo en Scranville. Para entonces, ya era adicta a la heroína. Cuando la descubrieron, y aunque la droga se vendía de forma legal, casi había sido expulsada de la orden. No llegó a pasar, pero la madre superiora dispuso internarla en Pennhurst en lo que, para la anciana, era un acto de conmiseración. Harry opinaba que el asilo nunca sería el lugar para Alessia.

—Harry desea solicitar formalmente a Santa Magdalena que te permitan abandonar el asilo —dijo Oliver. Antes era necesario que Alessia estuviera de acuerdo.

La mujer abrió los ojos, sorprendida.

—No lo permitirán, ni debo irme —dijo—. El doctor Jasper, el director, me conoce bien. ¡Soy una adicta y soy un monstruo!

—Hey. No eres un monstruo, eres… bonita —Oliver se arrepintió de sus palabras en cuanto las dijo—. Lo siento.

Alessia sonrió, haciendo que una lágrima se deslizara por su mejilla. Movió la cabeza.

—No te disculpes, nadie me lo había dicho en años. Has sido amable, Oliver Mills. Ahora ve, dile a tu amigo que aquí estaré esperándolo.

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Harry brincó fuera de la caja cuando el carro de tiro ingresó al predio donde el Circo Vlad estaba desplegando sus carpas. Iba feliz. En cambio, Oliver se sentía mortificado. Ese día había mentido dos veces, tanto a su amigo como a Alessia Fiore. Si se lo contara a Isabella, su madre, lo enviaría al confesionario. No había sido capaz de dar el mensaje de Harry, ni de decirle que la chica se negaba a dejar el asilo.

Harry suponía que Alessia iba a aceptarlo en matrimonio, la única manera legal de volverse su tutor y, por tanto, de convencer a la madre superiora de Santa Magdalena, o al menos de pasar por encima de la burocracia del convento. Para el «improbable» caso de que el plan principal no prosperara, La Chaqueta tenía otro más audaz: raptar a Alessia y sacarla de Scranville camuflada con el circo, cuando este se marchara en seis o siete semanas.

—No dejaremos rastros —había dicho, tan convencido que Oliver casi lo aceptó como una realidad. Ambos planes rozaban el delirio—. Por las buenas o por las malas, sacaremos a mi Ale de ese manicomio.

El Circo Vlad estaba a medio armar. Atravesaron un corredor improvisado entre contenedores de madera, baúles y jaulas de animales. Había una gran cantidad de operarios, rostros desconocidos que los vieron pasar fijándose en Harry. En cada pueblo y ciudad donde el circo se estacionaba, Vlad Petrescu solía contratar personal para el armado y desarmado de la estructura. En general, eran tipos duros, acostumbrados a los trabajos pesados, pero no a los fenómenos de circo. De todas las cosas extrañas que pudiera haber allí, Harry era una de las más destacables. Cuando estaba en su territorio, dejaba de ser Harry Brock para convertirse en La Chaqueta Fabulosa. No tenía pudor en mostrarse; por el contrario, parecía gozar del asombro que causaba.

Harry ensayó unos pasitos de baile, girando sobre un solo brazo, y se metió en su carromato igual que lo haría un simio, saltando y tomándose de las cuerdas que colgaban a los lados de la pequeña escalera.

—¡Te veré en la cena, Ollie! —aulló desde el interior oscuro y, antes de que Oliver pudiera despedirse, había cerrado la portezuela de un golpe. Lo escuchó aplaudir.

Estaban tensando la lona de la carpa principal entre más de veinte. Había tres mástiles laterales que soportaban la estructura y una plataforma aérea de hierro, que llamaban Gran Vlad, para las hamacas de los trapecistas. Una vez levantado, el circo llamaría la atención a una buena distancia. En el círculo interno estaban colocando el anillo rojo que haría las veces de escenario principal y había comenzado la construcción de las gradas para los más de trescientos espectadores. El resto de la semana se ocuparía en instalar la iluminación, el decorado, los retretes y las despensas. En general, el despliegue del circo completo y sus tiendas auxiliares tomaba entre tres y cinco días y ocupaba a dos docenas de obreros. Cuando las carpas estuvieran completamente montadas, también habría en lo alto una gran marquesina eléctrica con la leyenda Circo Vlad. Visto de lejos, el conjunto semejaba una enorme oruga a rayas blancas y rojas. La espectacularidad era algo que el viejo Petrescu había convertido en su obsesión.

Oliver deambuló entre los trastos, tratando de apartar los pensamientos que revoloteaban como moscas a su alrededor. Alessia Fiore lo había impactado. Llevaba años escuchando a Harry hablar de ella, pero esta había sido la primera vez que la veía. La sorpresa de conocerla bajo el sol primaveral, con su cabello dorado y una sonrisa sesgada, mirándolo a los ojos… no eran muchas las personas, en especial mujeres, que lo trataran con afecto. Harry era un hombre afortunado. Se la había cruzado cuando ella huía de un grupo de imbéciles. Siempre se jactaba de haber actuado como todo un caballero, saliéndoles al paso y espantándolos.

—Hey, fue una buena paliza —contaba—, pero valió la pena. Estuve una semana con la cara como un buñuelo, pero esos idiotas se llevaron la lección de sus vidas. ¡A no meterse con Harry Brock, maldita sea!

Oliver sonrió. En esos días, Harry tenía sus piernas y dedicaba tiempo al ejercicio físico. Era un tipo grandote y capaz de enfrentar a un par sin muchos problemas. Había crecido en los suburbios. Alessia lo llevó al apartamento que compartía con otras cuatro chicas. Allí le curó las heridas y se hicieron algo más que amigos.

—Si me lo pides por favor, te contaré los detalles —se ufanaba Harry cuando se iba de copas.

—Olvida eso, viejo pervertido —solía bromear Oliver cada vez que escuchaba la propuesta—. Son todos cuentos tuyos.

Pero ahora no estaba tan seguro y, en algún lugar, prefería no saber más. Soltó una risita nerviosa. Se detuvo para orientarse entre las montañas de bártulos, al tiempo que observaba de reojo la carpa central. La enorme lona a rayas blancas y rojas iba cobrando forma y estaría lista antes del final del turno. Voces y silbidos de aliento se mezclaron con los acordes de Whispering, el tema de moda. El alegre jazz provenía de algún lugar cercano.

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Oliver se adentró en el laberinto, procurando dar con su carromato. Podía estar en cualquier parte. Hasta que el circo estuviera montado por completo, aquello sería un paisaje cambiante.

—¡Ni pa, miren quién volvió! —La voz infantil sonó a sus espaldas—. ¿Acaso no es el mismísimo Ollie el Perezoso? ¡Mejor dicho, un imitador baratiiija!

Oliver se giró. Vio a Venancio recostado sobre un gran baúl, con las piernas cruzadas y una sonrisa burlona. Agitaba un pañuelito a lunares. El rostro de madera reflejaba el sol, dándole un aspecto sudoroso. Era imposible que estuviera transpirando porque Venancio era un muñeco. Tenía unos cuarenta centímetros de altura. Iba vestido con un chaleco gris claro, moño negro y zapatitos marrones. Al hablar, su mandíbula se batía como una pinza. Oliver se sintió mareado.

—¿Venancio? Pero ¿cómo…?

El muñeco se sentó. Miraba hacia un punto lejano a su izquierda. Los enormes ojos estaban pintados en la cabeza, lo mismo que el lustroso cabello. Por el tono sonrosado de la nariz, cualquiera hubiese dicho que tenía un resfriado.

—¿A dónde has ido con esa criatura malvaaada? —inquirió la voz de chiquillo.

Oliver retrocedió espantado. Le pareció que las trompetas y cuerdas de Whispering resonaban más agudas. En un rincón polvoriento de su mente oyó la voz de George Mills reprendiéndolo por una travesura. Su padre no toleraba ninguna desviación de las reglas. Las manos de Oliver ardieron como si tocara brea caliente.

—¡Conque te has portado mal, Ollie el Perezoso! —se burló Jake Dilmer, asomando junto a Venancio. Comprendió que el ventrílocuo había estado ocultándose detrás del baúl—. ¡Te has llevado un buen susto, ja!

—¡Por Cristo, Jake! —gruñó—. No vuelvas a hacer eso.

El bromista subió al baúl y puso a Venancio sobre su pierna. Todavía riendo, hizo que el muñeco batiera la mandíbula en una carcajada silenciosa.

—¡Pero si serás galliiina! —chilló el muñeco.

—¿Nos dirás dónde fueron tú y tu medio amiguito? —Oliver negó con la cabeza, enojado. Dio la vuelta y se alejó entre los trastos. A sus espaldas, Jake siguió riendo—. ¡Movieron tu carromato por allá, detrás del elefante! ¡Y me lo vas a contar, payaso mentiroso!

Había una sucesión de jaulas cubiertas por lonas. Algunos débiles gemidos provenían de allí. El olor del estiércol era penetrante. Oliver ubicó la más alta. En efecto, en las proximidades, junto a otros carromatos, encontró el suyo. Metió la mano al bolsillo del pantalón y extrajo la llave. Payaso mentiroso. Abrió el cerrojo, echó una última mirada a su alrededor y entró.

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